Momentos imprescindibles 


Están esos momentos fieles

sencillos, los que a simple vista

parecen desapercibidos,

pero que en los momentos difíciles 

aparecen y evitan que me derrumbe.


Esos momentos que no me abandonan

aunque el dolor sea inmisericorde, 

que me mantienen firme en la decisión

de rehusarme a olvidar, todo lo que un día

fue un verdadero bálsamo en mi vida.


Benditos momentos que esperan pacientes,

que pueden durar un segundo o un todo,

que se quedan guardados y aguardando

para salir y resucitar sonrisas agonizantes.


Daño colateral

  

En medio de la noche, despertó otra vez, volvían los pensamientos que no la dejaban conciliar el sueño en paz. Buscaba razones, rebobinando cada acto suyo, o cada una de sus omisiones. ¿Qué hice o qué dejé de hacer? ¿Qué fue lo que me faltó que no logré detenerlo? ¿Por qué tomó la decisión de ir a ese infierno, a ese lugar donde no hay retorno, dejándome así de esa manera, tan repentina, brusca y dolorosa? ¿Qué pecado tan grave cometí para sufrir esta penitencia que significa su ausencia?

Preguntas que siempre se quedaban sin respuestas.

Entonces miraba en sus adentros, sentía como que la habían amputado lo que movía la parte más bella de su corazón, la parte que le dotaba de felicidad y alegría. Así se sentía sin él, que no volvería a sentir nunca más alegría en su vida. Aunque a pesar de eso, sabía que seguiría viviendo, así, incompleta; su corazón no se detendría.

Pero, es verdad, –se decía a sí mismo– como lo dijo mi amiga, no debo tomarlo personal, no se trata de mí, se trata del mundo y su destino, era algo más grande; de él dependían demasiadas vidas y tenía que hacerlo. Y sí, tiene razón, qué importancia puede tener mi vida si debía salvar miles.

Entonces, analizándolo así, ella vendría a ser un daño colateral –odiaba ese término– algo, que si se destruía, no afectaría la decisión final, que aunque bien podría morir, no tendría significado importante, el mundo lo necesitaba, sin que se tome en cuenta que para ella él era su único mundo.  

Y así seguiría pasando noche tras noche, entre lágrimas y sueños rotos, entre esperas y esperanzas agonizantes. No sabía cuánto tiempo demoraría en curar su corazón, lo que sí sabía era que ya nunca volvería a escucharlo latir, con esa sonrisa que brotaba al invocar su nombre.